París, Calmann Lévy, 1887-1893.
5 volúmenes en octavo: I/ (1) h. en bl., (2) h., xxix pp., 455 pp.; II/ (2) h., iv pp., 545 pp., (3) pp. en bl.; III/ vii pp., 527 pp.; IV/ (2) h., 411 pp.; V/ (2) h., 427 pp., gran papel japonés, medio marroquí azul con esquinas, cabezadas doradas, cubiertas naranjas y lomos conservados. Encuadernación firmada P. L. Martin.
242 x 153 mm.
Edición original «importante. Buscada en gran papel» (M. Clouzot).
Precioso y magnífico ejemplar de cabeza, uno de los 30 impresos en papel imperial de Japón, con el n.º 15.
«Historia del pueblo de Israel de M. Renan no ha defraudado las expectativas de los amigos de la buena literatura. Jamás el admirable escritor, a quien debemos tantas páginas encantadoras, se ha mostrado más plenamente maestro de todos los recursos de nuestra lengua, nunca un tema, salvo la Vida de Jesús, le ha permitido desplegar más libremente los dones tan diversos de artista y poeta que, en esta naturaleza privilegiada, casi hacen olvidar al erudito y al pensador. Aquí encontramos a M. Renan en su totalidad, – con sus defectos, sin duda, es decir, el abuso de la ironía innecesaria en el pensamiento y del anacronismo innecesario en la expresión, aquí y allá rasgos que reprobaría un gusto severo, y ocurrencias que parecen desafíos – pero también con sus cualidades, siempre jóvenes, de flexibilidad, verve, luz, con su profundidad sin pedantería y su gracia sin afectación, sobre todo, con ese no sé qué «de ligero y alado», que hace pensar involuntariamente en Platón. Se puede no abrir la Historia de Israel, pero, una vez abierta, desafío a cualquiera a cerrarla sin haberla leído hasta el final. A veces uno se siente irritado o sorprendido, más a menudo emocionado, – casi siempre cautivado y seducido. Y cuántas páginas dejan en la memoria una huella imborrable, desde esos primeros capítulos donde la existencia de los nómadas del desierto sirio resucita en la frescura de una idilio pintado del natural, hasta los retratos tan vivos de Saúl, de David y de sus rudos compañeros, – desde esa visión casi perturbadora del macizo del Sinaí, hasta el paralelo, en suma, tan justo como elocuente, entre la lengua griega «laúd de siete cuerdas, que sabe vibrar al unísono de todo lo humano», y el hebreo «carcaj de flechas de acero, cable de torsiones poderosas, trombón de cobre rompiendo el aire con dos o tres notas agudas!» El secreto del estilo de M. Renan parece estar en la alianza de un vocabulario romántico por la fuerza, la riqueza y el color, con un giro de frase clásico, es decir, noble, simple y francés. ¡Qué buena fortuna un libro semejante en un siglo donde la erudición pone su coquetería en dar la espalda a la literatura, mientras la literatura pone la suya en disfrazarse con un argot científico o naturalista!»
«‘La Historia del Pueblo de Israel’ no es, propiamente hablando, más que un largo prefacio a la gran obra que asegura a M. Renan un lugar único en la historia religiosa moderna y en nuestra literatura francesa. Mostrar el desarrollo religioso del pueblo de Israel, desentrañar los principios que se han combinado para formar el alma de Israel, asignar a este pueblo asombroso su verdadero lugar en la obra colectiva de la civilización humana, tal es el verdadero objetivo perseguido por M. Renan y que no se debe perder de vista al juzgar su obra […] Importa singularmente más desentrañar la historia humana en Israel que conectar penosamente una serie de monografías sobre temas de orden secundario. En cada página, por así decirlo, el lector erudito encuentra afirmaciones que, para él, hombre del oficio, son mucho menos aseguradas de lo que supone el relato de M. Renan. Pero sería un error reprochar esto al sabio historiador. Si las expone, es porque expresan la conclusión a la que han llegado sus largas investigaciones sobre estas materias. Y si a veces uno tiene derecho a encontrar demasiado grande la parte que concede a la intuición o a una suerte de adivinación en la apreciación de las fechas o los textos, él aún podría responder que en materia semejante el instinto literario, el gusto, diría voluntariamente el olfato del hombre que une una gran delicadeza artística a una muy sólida cultura científica, son a veces mejores guías que la seca razón del crítico que disecciona textos cuya vida es incapaz de captar.
En el volumen que nos ocupa, hay tres elementos bien distintos, fundidos por el autor en un relato armonioso y continuo: una historia profana de los israelitas desde la llegada de David hasta la destrucción del reino del norte por los asirios; una historia literaria de los documentos más antiguos recuperados por el análisis en el Antiguo Testamento, tales como el libro de las Leyendas patriarcales, obra de un narrador de Betel o de Siquem, el libro de las Guerras de Yahvé y el de Iasar, compuestos de cantos populares y tradiciones heroicas hacia el siglo X, en el reino de Israel; una doble historia sagrada, la del norte, llamada jehovista, con el ‘Libro de la Alianza’ y la de Jerusalén, llamada elohista con el ‘Decálogo’ y finalmente los escritos proféticos más antiguos; tercero una historia del desarrollo religioso de Israel que se puede no admitir, pero cuya ejecución magistral es imposible de cuestionar. Y todo eso se impregna recíprocamente con una abundancia de observaciones finas, de vistas generales, reflejando un conocimiento profundo del país y una viva intuición de la vida oriental […]
Hay un hecho que hay que notar, y es que el exquisito tacto literario del autor le permite sentir y hacer sentir a su lector la espontaneidad y frescura de redacción de ciertos fragmentos que traicionan por ello mismo su origen antiguo y su autenticidad relativa. Cuando se ha sentido una vez esta impresión, los más bellos razonamientos del mundo no le harán admitir que estos fragmentos sean composiciones tardías de algún escriba, deseoso de sostener una tesis sacerdotal a expensas de personajes y pueblos que han desaparecido hace mucho tiempo del teatro de la historia […] (Maurice Vernes, Revue de l’histoire des religions, 1889, vol. 19, p. 230).
Suntuoso ejemplar de cabeza de esta obra buscada, encuadernado en medio marroquín azul con esquinas por Pierre-Lucien Martin.


